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Ricardo Cuenca: «La (buena) calidad ‘per se’ de la educación privada»

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El imaginario social sobre la calidad de la educación privada ha sido construido desde hace mucho tiempo y a partir de la confluencia de varios factores. Desde una perspectiva histórica, resaltan la imagen moderna de la educación protestante en el Perú —a inicios del siglo XX—, la vocación rural del Estado en las prioridades educativas —en especial durante los años cuarenta y cincuenta— y, más recientemente, el impulso del Estado a la educación privada en el marco de las políticas de ajuste económico.

Junto con ello, la displicencia del Estado —que gestiona medidas excepcionales para las escuelas públicas antes que políticas regulares—, la imagen de ineficiencia de las instituciones públicas y la corrupción del sector son algunos otros factores que han contribuido a instalar la idea de que la educación privada es buena porque “hereda” las ventajas y potencialidades de “lo privado”; es decir, una escuela privada es mejor que un colegio público sí o sí.

Este imaginario de buena calidad de la educación privada ha sido construido también bajo el equivocado supuesto que esta oferta es uniforme y, por lo tanto, las diferencias que pudiesen existir al interior de la educación privada no serían problemas que distorsionarían las características de esta oferta. Por el contrario, estas diferencias podrían significar el empuje necesario que la competencia requiere para ser efectiva. Sin embargo, en el Perú la educación privada es heterogénea, está socialmente segmentada y sus resultados no son parejos.

No hay duda de que existe una educación privada de muy alta calidad, con proyectos educativos innovadores, con una adecuada infraestructura y equipamiento, con una gestión eficiente y con docentes muy bien preparados para enseñar. Sin embargo, esa educación privada de alta calidad es solo una parte de la oferta existente. Coexiste con ella otra oferta educativa privada que opera en condiciones precarias y que ofrece un servicio deficiente dirigido a las familias emergentes y pobres del país. Y es que, aun cuando la existencia de oferta privada de educación básica es de larga data, la liberalización del servicio educativo a mediados de los años noventa produjo un explosivo, desordenado y desregulado crecimiento de escuelas privadas. Según datos del Ministerio de Educación, en los últimos 15 años, la matrícula privada duplicó su volumen.

Lima Metropolitana es un buen ejemplo para ilustrar esta heterogeneidad. La capital no solo tiene el 25% de la población total en edad escolar y representa el 28% de la matrícula nacional, sino que en ella se encuentra el 53% de la matrícula privada en educación básica de todo el país y, en los distritos pertenecientes a los quintiles más pobres, 4 de cada 10 estudiantes asisten a una escuela privada.

Distribuidas de manera desigual entre sus 43 distritos, en Lima existen escuelas privadas de elite, tanto confensionales y laicas, como internacionales. Las hay también aquellas que funcionan en alianzas público-privadas, las que se organizan de manera cooperativa y otras que pertenecen a corporaciones interesadas en la educación. Estas escuelas privadas bien pueden funcionar en terrenos de 32 hectáreas como en áreas de 160 m2 y hay familias que pagan 3.000 soles mensuales por la educación de sus hijos frente a otras que desembolsan una mensualidad de 190 soles.

Esta heterogeneidad incluye la calidad. Según las evaluaciones censales de estudiantes que realiza anualmente el Ministerio de Educación, la calidad de la educación privada no es uniforme. En los distritos con menores ingresos los resultados educativos son considerablemente más bajos en comparación con los resultados obtenidos en las escuelas privadas de los distritos con mayor nivel socioeconómico. Así pues, la educación privada es de mejor calidad a medida que nos situamos en distritos con mayores ingresos y, por lo tanto, la variable económica es determinante en la calidad del servicio educativo que se ofrece.

Fuente: Revista Poder | Nota: El artículo completo se puede leer en la edición impresa de la Revista Poder.