Centro de pensamiento e investigacion en ciencias sociales

[COLUMNA] La generación del setenta, por Antonio Zapata

Lee la columna escrita por nuestro investigador principal, Antonio Zapata, para La República► https://bit.ly/3LEtFeP

Hace diez años murió Javier Diez Canseco, uno de los líderes de la izquierda setentera; a continuación, también han fallecido Manuel Dammert y Carlos Tapia. Con ellos han desaparecido los principales dirigentes juveniles de la versión peruana del mayo parisino. La transición está consumada y es la hora del balance. Qué caracterizó a esa generación y cuál es su relación con el liderazgo actual.

En primer lugar, los setenteros eran un grupo nuevo que irrumpió vigorosamente, pero tenía raíces que se remontaban a la revolución rusa. Se sentían herederos de la tradición bolchevique, proyectada por Mao y el Che, aunque el prototipo seguía siendo Lenin, constructor de un partido revolucionario capaz de tomar el poder. Esa era la intención de Diez Canseco, Dammert y Tapia, cada uno a su manera y enfrentados más de una vez, pero compartieron una vida dedicada a construir partido. Los tres podrían ser definidos como militantes.

Esa tradición se quebró con la desaparición de la URSS. La revolución bolchevique perdió actualidad, Lenin dejó de ser un referente. Por ello, al comenzar el siglo XXI, apareció una nueva izquierda bajo el influjo del chavismo; más cerca del populismo que del marxismo. Es una tradición en formación, carece de la solidez de antaño. Pero, a la vez, es más ligera y no soporta el peso de una ideología que se volvió dogmática, pesada e insufrible. Menos anclajes y mayor libertad para pensar en nuevos temas.

Por otro lado, los setenteros creían en el marxismo como una ciencia, capaz de predecir la evolución de la lucha de clases y permitir el posicionamiento partidario. Aunque había falencias también había de dónde agarrarse. El marxismo era un método para interpretar el mundo. Todo aspirante al liderazgo tenía que conocerlo. Por ello, estos líderes eran cuadros con formación adquirida en el partido, que era el espacio de educación y entrenamiento antes que la universidad.

Luego del hundimiento del comunismo real, el marxismo apareció como una ideología en declive y como sistema de interpretación su crédito cayó por los suelos. A finales del siglo XX, hubo un período de hielo para el pensamiento crítico. Luego y hasta hoy ha comenzado una lenta recuperación. Los males del neoliberalismo han salido a flote y las sucesivas crisis del capitalismo han alimentado una nueva crítica al sistema. Por su lado, el siglo XXI ha traído a la luz nuevos temas: mujeres, minorías, cultura, etc. Antes desdeñados, pero hoy motivo de nuevos activismos. Esos nuevos temas han sido el punto de partida para la evidente renovación contemporánea del pensamiento crítico.c

Además, el militante del setenta tenía una dinámica particular, fruto de su voluntad de fusión con el movimiento popular. Su práctica no era en las redes, sino en las bases de la sociedad. En esos años, un folleto de Evaristo Yawar había impulsado un encuentro de jóvenes universitarios de izquierda con obreros, campesinos y pobladores de barriadas. Al compartir la vida cotidiana, se generó una fuerza política generacional construida palmo a palmo. Era la base de cierto peso en la política nacional.

Por el contrario, desde hace mucho tiempo, la política de izquierda se ha burocratizado. Comenzó con las ONG y siguió por los cargos públicos. Este proceso no ha comenzado ayer ni puede achacarse a la generación actual. Tiene más de tres décadas. Pero arrastra sus efectos hasta hoy, cuando se hace política en campaña electoral y el resto del tiempo se inverna en las redes. Mientras que, más de cien años atrás, González Prada había sostenido que solo la unión del intelectual y el trabajador fundamenta la acción política de izquierda. En última instancia se trata de la disposición al liderazgo. Antes sobraba, ahora esa voluntad es difusa.