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[COLUMNA] Economía y política, por Martín Tanaka

Lee la columna de nuestro investigador principal, Martín Tanaka, escrita para el Diario El Comercio► https://bit.ly/3AxL2Ja

Las noticias de las últimas semanas en el ámbito regional suenan muy preocupantes. La semana pasada la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) actualizó hacia abajo las proyecciones de crecimiento del PBI de América Latina y el Caribe para el 2023 –a 1,2%– y las de América del Sur –a apenas 0,6%–. Argentina y Chile tienen pronósticos de tasas negativas de crecimiento. Al mismo tiempo, en Bolivia se está desatando una suerte de pánico financiero ante una grave crisis en su balanza de pagos y una acelerada pérdida de reservas internacionales.

En el documento “Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe” (2022) de la Cepal ya se mencionaba que en los diez años que van del 2014 al 2023 la región muestra niveles de crecimiento menores que los registrados durante la terrible “década perdida” de los años 80 del siglo pasado.

Felizmente para nosotros, en medio de este muy mal panorama, el Perú está navegando con relativa estabilidad por este mar proceloso. Se proyecta que nuestra economía crezca muy modestamente, pero que crezca –a un 2% este año–. Además, a diferencia de Argentina o Bolivia, no existe riesgo de devaluación de la moneda y, si bien tenemos problemas de inflación, no estamos como en Argentina o Venezuela, que superan el 100% (nuestra inflación de los últimos 12 meses está ligeramente por encima del 8%). Todo esto, a diferencia de la catástrofe que padecimos en la década de los años 80.

Nuestro país, por el momento, parece haber pasado por la aguda crisis de legitimidad política de la presidenta Dina Boluarte y del Congreso de la República, y la sucesión rápida de temas críticos que requieren atención urgente, propios de nuestra política, ha terminado generando una suerte de ojo de tormenta.

Con la presidenta Boluarte parecemos haber vuelto un poco a esa lógica de desacople entre el caos político e institucional y una relativa estabilidad y continuidad económica. Al menos en términos relativos. Claro que en una posición mucho más precaria, con niveles de crecimiento muy mediocres, con un consenso neoliberal resquebrajado, con un MEF muy debilitado, y con la extensión de discursos populistas y desafíos al consenso ortodoxo muy asentados no solo en la izquierda, sino también en la derecha. Y, por supuesto, con una enorme incertidumbre respecto del futuro más allá de Boluarte, cuya continuidad siempre está en evaluación.

Volviendo a la región, considero que estamos en una situación en la que debemos enfrentar que no podemos vivir la esperanza de modelos de desarrollo “salvadores”. Hemos pasado en las últimas décadas por el desarrollismo, por las reformas neoliberales, por una suerte de vuelta a propuestas nacional-populares, por el intento de crear alternativas como el “buen vivir” (Sumak Kawsay) y la vuelta a paradigmas de mercado. Y también hemos pasado por varios intentos de intentar combinaciones, como “neoliberalismos con rostro humano” y políticas de izquierda con disciplina macroeconómica, pasando por ambiciosos programas de política social en los que las transferencias condicionadas de dinero parecían la clave para la superación de la pobreza.

Hemos pasado por todo ello y ahora, ante la ausencia de modelos o propuestas de desarrollo atractivas, en toda la región se hace política sobre otros temas: demandas de seguridad, valores identitarios, debates constitucionales. En el fondo, considero que algunas intuiciones que presentaban la literatura de la “trampa de los países de ingreso medio” tienen vigencia. No hay recetas fáciles para el desarrollo; en última instancia, este depende de la capacidad de las élites para acordar un camino mínimamente plural y estable; de construir instituciones transparentes e incluyentes; de mejorar nuestros niveles de educación, salud y bienestar social; de diversificar nuestra actividad económica, entre otros.

Es simple de decir, pero muy difícil de implementar y, sobre todo, son tareas que no tienen atajos ni resultados que mostrar a corto plazo, ni están en manos de solo un líder o un grupo. Muy poco atractivo para nuestros políticos de hoy. Pero es lo que toca hacer.