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Antonio Zapata: «Narcoterrorismo»

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La reciente caída de los camaradas Alipio y Gabriel plantea nuevamente el tema del narcoterrorismo. Este es un concepto ampliamente utilizado, que viene de la experiencia colombiana. Sin embargo, es una noción equivocada que no contribuye a la lucha del Estado contra este flagelo. En Colombia se constató que algunos frentes guerrilleros sembraban coca y procesaban cocaína, antes de exportarla por sus propios circuitos. Se trataba de un frente de las FARC durante cierto tiempo; pero, se acuñó el concepto y se trasladó al Perú sin demasiado análisis.

En el VRAE, los hermanos Quispe Palomino habían montado un feudo regional. Como sabemos, la zona está sembrada de coca y circulan todo tipo de personas dedicadas a la ilegalidad, incluyendo las redes primarias de los narcos. Por su parte, la ilegalidad llama a sus congéneres y basta un porcentaje de la población de acuerdo con una fuerza subversiva, para que esta disponga de escondites y pueda desplazarse por las noches con relativa seguridad. Por ello, los Quispe Palomino lograron insertarse y hacerse fuertes en un valle donde el liderazgo lo tiene la cocaína y con ella, la ilegalidad.

Su diferencia con el Sendero histórico es bien clara. Se detestan entre sí y sus diferencias son inmensas. No hay comunicación entre ellos y siguen estrategias completamente distintas. Antes de 1992, Abimael Guzmán pretendía tomar el poder, mientras que los Quispe Palomino se limitan a buscar liberar un valle. Los terroristas de hoy pretenden ser un poder local y el resto del país les importa menos, quizá su único plan de expansión es el Huallaga, otra zona semejante, dominada por el narcotráfico. Pero, Guzmán quería el poder a nivel nacional y los Quispe Palomino dominar la región cocalera de ceja de selva.

Otra diferencia clave es que Guzmán y los suyos eran políticos. Ellos empleaban extensamente el terrorismo como método para llegar al poder. Guzmán se imaginaba presidente y en la entrevista del siglo da a conocer cuáles eran sus lineamientos de gobierno. Mientras que los Quispe Palomino se limitan a concebirse como una fuerza armada. Ellos mismos se autodenominan Partido Comunista del Perú-Militarizado. En este caso, su nombre propio –libremente adoptado– indica nítidamente su naturaleza. Son un grupo armado y no aspiran a gobernar.

Por otro lado, su economía está basada en cupos a los negocios y en su zona el principal es el narcotráfico. Tienen circuitos estables a los que les venden protección militar contra el Estado. Pretenden servir al campesino cocalero, lo protegen de la erradicación. Pero, no se han fundido con las firmas convirtiéndose en una de ellas.

La prueba está en sus armas. El informe de la caída de Alipio y Gabriel sostiene que estaban en posesión de una pistola del oficial Astuhuilca y de un fusil arrebatado a la Policía en otra ocasión. Es decir, no tienen dinero suficiente para comprar realmente armamento pesado. Si tuvieran dinero grande y ganaran como narcos, entonces tendrían armamento comprado en el extranjero y un poder de fuego realmente capaz de derribar cercos y helicópteros. En ese caso hubieran asaltado cuarteles y no lo han hecho, son una fuerza que embosca patrullas y dispara con armamento arrebatado a la Policía o al Ejército.

Así, los Quispe Palomino son una fuerza precaria. Viven con las justas y a lo sumo tienen dinero para comprar municiones. Su base material no les permite una autosuficiencia sostenida. Por ello, es tremendo el golpe infligido con la caída de Alipio y Gabriel. Diera la impresión que se quedan sin cuadros dirigentes y la experiencia de Artemio en el Huallaga es clara, al final conduce a la liquidación.

Pero, no se habrá afectado al narcotráfico. Los agentes de las mafias a nivel local a lo sumo verán desaparecer a un grupo armado que les cobraba por protección. Pasarán a cuidarse con sus propios sicarios, como ya lo vienen haciendo y evidencia la experiencia internacional de las drogas. La ilegalidad amenaza continuar.

Fuente: La República (14/08/2013)