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Antonio Zapata: «Fin de la primavera árabe»

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Más de mil muertos en una semana evidencian la magnitud de la crisis egipcia, que ha impresionado a todo el mundo. Para entenderla, dos elementos indispensables de contexto: la ausencia de toda tradición democrática y la antigüedad de su sometimiento colonial. Desde los romanos hasta los ingleses, Egipto soportó dos mil años de colonialismo.

Los primeros actores de la tragedia actual son los Hermanos Musulmanes. Es un partido fundado en 1928, pionero del islamismo político, debutaron oponiéndose al sultán aliado de Gran Bretaña al derrumbarse el poder otomano. Son partidarios de la sharía; es decir, de la vigencia absoluta de la ley coránica, extendiendo su alcance a la vida cotidiana y la organización del Estado.

En las elecciones egipcias de 2011 fueron divididos, entre el ala dura, que triunfó con 25% en primera vuelta, y un sector más moderado, que desarrolló un perfil de centro izquierda, obteniendo 18% Es decir, los islamistas sumaron 43% y ahora están más unidos que nunca, porque el ejército ha reprimido brutalmente a sus militantes.

Los Hermanos Musulmanes han estado perseguidos la mayor parte de su historia. Primero por los británicos y luego por los militares, que gobiernan Egipto los últimos sesenta años. Se han hecho fuertes en la resistencia y están dotados de mística. Su base social es producto de un largo trabajo forjando asociaciones en barrios populares: educativas, de salud, deportivas, etc. Ese asistencialismo ha sido de calidad, en agudo contraste con la pobreza de los servicios ofrecidos por un Estado ausente y corrupto. Así, los Hermanos han construido su influencia, están enraizados en la sociedad y disponen de fuertes convicciones.

En segundo lugar, el ejército. Ejerce el poder desde el derrocamiento del rey Faruk en 1952 hasta hoy. Bajo Nasser, los militares fueron nacionalistas de centro izquierda, apoyados por la URSS. Nasser construyó un modelo político desarrollista y con fuerte participación del Estado, que tuvo bastante influencia en el Tercer Mundo, alcanzando al general Velasco. Pero, murió en 1970 y fue sucedido por el ala derecha de los militares.

El heredero de Nasser fue Sadat, quien fue asesinado en 1981, para ser sucedido por Mubarak, gobernante hasta su derrocamiento apenas dos años atrás. Estos presidentes-militares han sido neoliberales en lo económico y autoritarios en lo político, estableciendo otro modelo político que ha tenido amplio atractivo entre nosotros.

Sadat cambió la geopolítica del Cercano Oriente. Los acuerdos de Camp David, patrocinados por Carter, convirtieron a Egipto en el primer país árabe que reconoció al estado de Israel; siendo considerado traidor por los suyos. Para ello, Sadat rompió con la URSS y se alió a EE.UU. Desde entonces, el país inició una senda de crecimiento económico y profunda desigualdad social. Una paralela expansión de la clase media carecía de efecto político, porque el país seguía gobernado por una dictadura militar de derechas.

Después de la primavera árabe, los partidarios de los militares se presentaron divididos a las elecciones y sumaron 35%, obteniendo el segundo lugar y peleando la segunda vuelta con los Hermanos. Así, si los islamistas tuvieron 43%, resulta que los partidarios de la mano dura neoliberal también contaban con bastante apoyo.

El problema de la democracia egipcia es el escaso alcance del centro. Obtuvo 22% en las elecciones, aunque su prédica es simpática en Occidente porque lucha por un Estado laico, democrático y respetuoso de los derechos humanos. Por su parte, se ha equivocado políticamente e inicialmente apareció asociado al cruento golpe militar contra los Hermanos.
EE.UU. también apoyó el golpe y así hasta los poderes internacionales están desacreditados.

Disminuido el centro, no se vislumbra una salida democrática. Seguramente los militares intentarán colocar un nuevo Mubarak, los Hermanos volverán a la carga y la política seguirá siendo una actividad muy riesgosa en la antigua civilización de los Faraones.

Fuente: La República (21/08/2013)